Dime sólo algunas palabras que puedan dar a entender que piensas en mí. De cualquier forma, en cualquier lugar. Sólo, di algo. Responde con un simple si o no.
Una carta. Una perdida. Un mensaje. Una mirada, o un intercambio de ellas.
Nueva familia, nuevos amigos, nuevos lugares... Pero nada cambia. Todo sigue exactamente igual que ayer. Y que el día anterior. Y el anterior. No veo tu rostro, pero siento tu presencia como si estuvieras justo ahí, con tus ojos clavados en mi nuca. A pesar de que me distancio kilómetros para evitarlo. Así que actúo de la misma forma que los demás, dejandome llevar por el viento. Empecé a preguntarme si sería capaz de anticiparlo. Y, corroida por los arrepentimientos, morí... Morí, pero aun sigo viva.
Se pueden edificar rascacielos. Se pueden canalizar los rayos. Pero aquel sabio tenía razón en una cosa: no se puede dominar el amor. Y ya ves. Una vez más, acabas con el orgullo de la mano que, en tiempos pasados, sostenía otra mano. Mi mano. Tú diste las espalda sin mirar atrás. Yo descarrilé. Tanto, que las pocas personas que de verdad me conocen ni siquiera me reconocían. Creías haber tocado mi corazón, pero lo que trastocaste fue mi cabeza.
Ahora vivo, en lugar de sólo existir. Ahora, construyo mis cimientos en precipicios manchados de problemas, con mis propios escombros. Despertando cada día esperando que sea un día mejor. Con conocidos afirmando ser mis amigos, y con mis amigos mirándome como a una desconocida. Y aún te preguntas si sigo siendo la misma.
Es triste decir que ya nada me entristece. Que para poder seguir sonriendo, me digo a mi misma que podría ser peor. Que las entrevistas de la gente me da dolores de cabeza, así que me voy sin razón alguna. Me voy a donde a nadie le importa un carajo mi vida. Me voy sin mentir, sin preguntarme en qué me convertiré. Y supongo que tú tampoco, pero ha quedado bastante claro que ya pasé mi metamorfosis. Y te doy las gracias por enseñarme la mayor leccion de vida: que no hay peor ciego, que el que se desvía del camino.