lunes, 30 de marzo de 2020

Inspiras. Espiras. Te ahogas.

Esa sensación de aire que te oprime el pecho y te hace sentir que tu caja torácica no tiene espacio suficiente. Porque tienes demasiado corazón para un espacio tan pequeño; o porque tienes un hueco dentro en el que falta precisamente eso.
Muerte en vida, lo llaman.

Entras en el baño. Cierras la puerta. Pones en tu reproductor la banda sonora de tu vida y te miras fijamente al espejo, sin perder de vista ni un solo segundo tus pupilas. Recordando día tras día todo lo que has pasado. No para torturarte, sino para no olvidarlo, para no olvidar quién eres. Intentando derramar menos lágrimas cada vez que lo repites. Y duele, sí, pero así sabes que no estas totalmente muerta en vida. Sabes que aún eres capaz de sentir algo.

Te metes en la ducha y las lágrimas salen solas. Y no por débil, no por depresivo. Por terapia. ¿Por qué en la ducha? Siempre bajo el agua, porque nadie distingue cuando llora Neptuno.

Vuelves a reproducir tu banda sonora. Te vuelves a mirar al espejo mientras resuena en tus oídos. Pero esta vez con la cabeza alta, recordando que eres más fuerte y con cierto aire de superioridad. Porque es así. Porque eres así. Invencible. Lo que no te mata, te hace más cabrona.

Y sigues con tu vida. Día sí y día también. Y no es arrepentirse o martirizarse por el pasado. No es tortura. Es aprender a convivir con él. Autoterapia lo llamo yo. Porque es demasiado personal e incomprensible para hablarlo con los demás.

Y así, es como te proteges.

2 comentarios: