lunes, 6 de abril de 2020

Iridiscente.

Dudo que leas esto. La verdad es que me es indiferente. Pero necesito decirlo.

Ni blanco, ni negro; ni siquiera de color de rosa. Mi vida era una escala de grises. A veces, incluso incolora.
Las emociones que sentía se convirtieron en nada. Las rompí de una en una.
La sonrisa que fingía durante tantos años, dolía. Los demonios iban creciendo. Tanto, que me acababan devorando. Y, si fuese cierto, deberías admitir que ni te diste cuenta.

Cada palabra que decías, las cosas que no se veían me mataban un poco mas. No sabías como me sentía por dentro, ni te imaginas cuanto intenté resistir. Intentaba recuperar toda la luz que acabaste quemando.
Mi "yo" se acabó convirtiendo en falso. Mi propia existencia era una mentira.

Que te fueras corriendo y volaras, era un sueño para mí. Pero decidías quedarte. Y eso hacía que mis heridas no sanaran, y mis esperanzas de ser libre se rompieran.

Siempre era igual conmigo. Tan profunda la herida que no cicatrizaba. No le daba tiempo.
Todo lo que veía era que yo me moría lentamente, mientras tú sonreías. Y eso era algo imperdonable, al igual que lo era en lo que me había convertido. Llegué al punto de querer desaparecer. Y podía haberlo hecho; joder, lo intenté mil veces. Pero la idea de irme y perderte de vista para siempre también era falsa. Si intentaba escapar, ahí estabas esperando. No había refugio, ni lugar al que huir.

"Si de verdad piensas que esto está bién, por favor, mátame de una vez. Deja de cortarme y coserme, para volver a cortar en el mismo sitio". Te dije eso mil veces, y creo que nunca lo entendiste.

Hasta que morí. Me desangré. Completamente. Ya no había tortura. No habia vida, no habia emociones. Por haber, llegó un momento en que no habia ni dolor. No sentía nada. Al final, conseguiste matarme. Yo acabé muerta, y tú, querido amigo, fuiste mi asesino.

Libertad. Algo que parecía inalcanzable. No pude derramar lágrimas por los años perdidos, ni por los recuerdos. Solo sentía libertad. Lo que estaba claro era que, después de aquello, el trauma era irreparable. Nadie podía tocarme. Ni abrazarme. Ni besarme. Nada. Contacto físico mínimo. Eso pensaba.

Hasta que, quien menos imaginé, no me dejó caerme. No me dió tiempo para torturarme. Ni para pensar. Ni siquiera permitió que volvieras a joderme la existencia. Me creó un refugio al que escaparme. Y me hizo comprender algo. Que seguía existiendo, que mi esencia no era una mentira, ni mi cuerpo un recipiente vacío. Me enseñó que si no tengo un color definido, es porque soy iridiscente.


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